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Según la psicología, esta hipervigilancia suele confundirse con tener una visión clara.

Mujer sentada en la cocina, sostiene una taza y mira por la ventana. Hay naranjas y un cuaderno sobre la mesa.

La mujer sentada frente a ti en la cafetería parece… afilada. Recorre la sala con la mirada entre sorbos de café, fijándose en quién acaba de entrar, dónde están las salidas, a qué distancia está ese carrito de bebé de las escaleras. Su amiga habla, pero se nota: una parte de ella está en otra parte, siguiendo amenazas invisibles.

Probablemente conoces a alguien así. Puede que seas tú. Lo llamas estar «en alerta», «no ser ingenua», «ver cosas que otros pasan por alto». Incluso te lo elogian.

Pero la mandíbula está tensa. Los hombros nunca terminan de bajar. El cerebro no descansa de verdad.

La psicología tiene una palabra para ese escaneo constante que desde fuera parece lucidez. Y no es «sabiduría».

Cuando «ser realista» es en realidad hipervigilancia

Hay un tipo específico de alerta que a menudo se confunde con madurez. Conoces el tono: «No soy negativo, solo soy realista». Esa persona ve el fallo en cada plan, la letra pequeña en cada contrato, la intención oculta en cada mensaje.

Capta detalles que nadie más ve. Predice problemas con una precisión inquietante. La gente empieza a pedirle consejo porque «lo ve todo claro».

Lo que la mayoría no ve es el coste. Esa claridad está alimentada por un sistema nervioso que nunca termina de creer que está a salvo.

Pensemos en Sam, 32 años, que se define como «el que tiene los pies en la tierra». En el trabajo, es el primero en señalar riesgos en las reuniones. Sus compañeros dicen: «Si Sam está de acuerdo, vamos bien». En las fiestas, se coloca cerca de la puerta. En las citas, se sienta mirando hacia la entrada.

Bromea con que es un maniático del control. Sus amigos le dan las gracias por avisarles de tratos turbios, gente poco fiable y calles inseguras. Está orgulloso de ese papel; le hace sentirse útil, casi heroico.

Pero cuando llega a casa, la historia es otra. Noches largas repasando conversaciones, ensayando desastres futuros, imaginando qué hará «si las cosas se tuercen». Su cuerpo está agotado. Su mente se niega a apagarse. Eso no es claridad. Eso es hipervigilancia echando horas extra.

Los psicólogos describen la hipervigilancia como un estado en el que el cerebro permanece permanentemente en guardia, rastreando peligros incluso cuando no ocurre nada realmente amenazante. A menudo nace de experiencias pasadas en las que estar alerta sí te protegía: una familia caótica, acoso escolar, inseguridad económica, imprevisibilidad emocional.

El problema es que ese modo de emergencia se queda atascado en «encendido». La persona se vuelve excelente detectando lo que podría salir mal, pero menos capaz de notar lo que de hecho está saliendo bien. La percepción se siente más aguda, pero está inclinada hacia la amenaza.

Por dentro se vive como lucidez. Desde un punto de vista psicológico, se parece más a vivir con una alarma activada de forma permanente.

Cómo saber si tu «claridad» es en realidad un escaneo constante de amenazas

Hay un punto de partida sencillo: observa tu cuerpo, no solo tus pensamientos. La próxima vez que entres en una sala, párate tres segundos y fíjate en qué haces primero. ¿Se te van los ojos a las salidas, a las caras, a los posibles conflictos? ¿Se te tensa la mandíbula, se elevan los hombros, se te encoge un poco el estómago?

Prueba lo mismo cuando recibas un mensaje de alguien cercano. ¿Tu mente salta al instante a «¿Qué pasa?» o «¿Qué he hecho?» antes incluso de abrirlo?

Esa inclinación automática hacia el peligro es una firma silenciosa de la hipervigilancia. La lucidez suele hacer preguntas. La hipervigilancia se prepara en silencio para el impacto.

Un pequeño autodiagnóstico que muchos terapeutas sugieren es este: piensa en una buena noticia que estás esperando. Una entrevista de trabajo, una cita, un viaje, una prueba médica que probablemente saldrá bien. Ahora observa con honestidad tu primera reacción espontánea.

Si tu cerebro corre directo a «¿Y si sale mal?», «¿Y si me ilusiono demasiado?» o «¿Dónde está la trampa?», no es solo que seas inteligente. Te estás preparando de antemano para la decepción como si fuese la opción más segura.

Las personas atrapadas en este patrón suelen decir cosas como: «Si espero lo peor, no me decepcionaré». En la superficie suena a sabiduría. Por debajo, es un sistema nervioso que ya no confía en la calma.

Desde el ángulo psicológico, esta confusión entre lucidez e hipervigilancia tiene sentido. El cerebro hipervigilante es muy bueno recopilando datos: microexpresiones, cambios de tono, incoherencias, pequeñas variaciones en la rutina. Esos datos pueden hacerte sentir que ves «la verdad» con más claridad que los demás.

Pero hay un giro: el cerebro no recoge información de forma neutral. Filtra. Si tu filtro es «va a pasar algo malo», darás más peso a cualquier señal mínima que confirme el peligro e ignorarás las señales de seguridad. No estás viendo más: estás viendo de forma selectiva.

Por eso alguien en hipervigilancia puede sonar convincente, lógico e incluso profético, mientras en realidad está atrapado en un viejo guion de supervivencia.

Pasar de la hiperalerta a una lucidez auténtica

Un método sorprendentemente eficaz empieza por ralentizar el cuerpo, no por «pensar diferente». La próxima vez que notes que estás rastreando amenazas, prueba un gesto pequeño, casi invisible: baja la lengua del paladar. Después exhala un poco más largo de lo que inhalas, durante solo tres respiraciones.

Este pequeño cambio físico le dice a tu sistema nervioso: «No estamos en peligro inmediato». No hace falta que te lo creas todavía. Solo haz el experimento.

Tras esas tres respiraciones, hazte una pregunta: «¿Qué más podría ser cierto aquí, además del peor escenario?». No en lugar de. Además. Esa palabra abre una grieta en el muro.

Mucha gente en hipervigilancia cree que tiene que elegir entre estar relajada y estar a salvo. No es raro que se aferre a la tensión. Así que sé amable contigo. Este patrón probablemente te ayudó alguna vez. Puede que fuese la única razón por la que sobreviviste a ciertas situaciones o relaciones.

El error común es intentar aplastar la alerta de un día para otro, como si pudieras decidir simplemente «dejar de darle vueltas». Seamos sinceros: nadie lo consigue todos los días. Lo que sí puedes hacer es bajarla en momentos concretos y de bajo riesgo.

Por ejemplo, practica dejar un mensaje sin responder sin inventarte una historia. O permítete disfrutar diez minutos de una buena noticia antes de que tu cerebro empiece a enumerar posibles problemas.

El psicólogo y especialista en trauma Bessel van der Kolk escribió famosamente que «el cuerpo lleva la cuenta». La hipervigilancia suele ser esa cuenta, escrita en la tensión muscular, los patrones de sueño y la incapacidad de relajarse cuando en realidad no está ocurriendo nada malo.

  • Ponle nombre: etiqueta en silencio el estado como «hipervigilancia» en lugar de «verdad». Ese pequeño reencuadre reduce su poder.
  • Suaviza el cuerpo: destensa la mandíbula, baja los hombros, siente los pies en el suelo durante 20 segundos.
  • Contrasta la realidad con alguien seguro: pregunta «¿Estoy leyendo esto con precisión o estoy en modo amenaza?».
  • Limita la entrada de estímulos: noticias constantes, notificaciones y cuentas de drama alimentan la sensación de que el peligro está en todas partes.
  • Busca ayuda si es crónico: un terapeuta formado en trauma o ansiedad puede ayudar a reajustar esa alarma interna en lugar de limitarse a convivir con ella.

Vivir con una mente afilada que no te corta todo el tiempo

Hay una versión de ti que sigue detectando patrones, sigue notando cambios en la sala, sigue viendo el detalle mínimo que nadie más ve. Solo que esa versión no está programada para esperar dolor como resultado por defecto. Usa la claridad como herramienta, no como armadura.

Ese cambio no ocurre con una sola revelación. A menudo empieza en momentos pequeños y poco llamativos: cuando eliges no releer ese mensaje cinco veces, cuando te descubres prediciendo un desastre y te dices con suavidad «ahora no», cuando permites que algunas personas quizá estén diciendo la verdad.

Todos hemos estado ahí: ese instante en que nuestro supuesto «realismo» resultó ser miedo con gafas inteligentes. No tienes que tirar tu sensibilidad ni tu capacidad de leer entre líneas. Simplemente no necesitas tratar cada silencio, cada demora, cada situación nueva como el preludio del daño.

La psicología no te pide que dejes de ver con claridad. Te invita a notar que la hipervigilancia no es un superpoder, sino una cicatriz. Y las cicatrices pueden vivir en un cuerpo que por fin se siente un poco más seguro.

Punto clave Detalle Valor para el lector
La hipervigilancia imita la claridad El escaneo constante de amenazas se siente como percepción aguda, pero está impulsado por la ansiedad Ayuda a cuestionar si el «realismo» es en realidad una respuesta de supervivencia
Las señales corporales revelan el estado Tensión, escanear salas, esperar malas noticias son señales tempranas Da indicadores prácticos para reconocer la hipervigilancia en la vida diaria
Pequeños cambios del sistema nervioso ayudan Respiración, relajación muscular y reencuadre suave pueden bajar la «alarma interna» Ofrece herramientas concretas para acercarse a una lucidez genuina y más calmada

FAQ:

  • ¿La hipervigilancia siempre está vinculada al trauma? No siempre a un trauma grave, pero a menudo sí a experiencias repetidas en las que estar alerta evitaba daños: hogares caóticos, cuidadores impredecibles, acoso escolar, inestabilidad económica o situaciones de salud.
  • ¿Puede ser útil la hipervigilancia? Sí. En trabajos realmente arriesgados o de alta responsabilidad, ráfagas cortas de alerta aguda ayudan. El problema es cuando ese estado no se apaga nunca, incluso en contextos seguros.
  • ¿Cómo sé si necesito ayuda profesional? Si tu sueño, relaciones, trabajo o capacidad de relajarte se ven afectados con regularidad, merece la pena hablar con un terapeuta. Sobre todo si tu cuerpo se siente «en guardia» casi todo el tiempo.
  • ¿Perderé mi intuición si me calmo? Más bien al contrario. Cuando baja el volumen del miedo constante, la intuición suele volverse más clara y menos confundida con patrones antiguos y proyecciones.
  • ¿Puede la meditación arreglar la hipervigilancia? La meditación puede ayudar a algunas personas, pero para otras al principio puede ser desencadenante, porque quedarse quieto se siente inseguro. Un enfoque informado en trauma o basado en el cuerpo suele ser un punto de partida más suave.

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