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Las expresiones faciales negativas dificultan la percepción de causa y efecto.

Persona en bata blanca eligiendo entre fotos con expresiones tristes.

La ciencia sugiere que podrían tener razón.

Nuevas investigaciones psicológicas indican que ver una cara triste, enfadada o temerosa no solo tiñe cómo se siente una situación: en realidad dificulta que nuestro cerebro averigüe qué causó qué desde el principio.

Los rostros emocionales deforman silenciosamente nuestra percepción de la causa y el efecto

El estudio, publicado en el Quarterly Journal of Experimental Psychology, examinó una habilidad básica que sustenta la vida social cotidiana: aprender qué suele seguir a qué. Los psicólogos lo llaman «aprendizaje de contingencias» (contingency learning): la capacidad de estimar la probabilidad de un resultado cuando vemos una determinada señal.

En contextos sociales, esto puede significar juzgar si la sonrisa de un compañero suele provocar una respuesta amistosa, o si cierto tono de voz tiende a llevar al conflicto. Dependemos de este constante cálculo estadístico intuitivo para anticipar reacciones y evitar encuentros incómodos o arriesgados.

Cuando los rostros mostraban emociones negativas, las personas empeoraban a la hora de detectar vínculos reales de causa y efecto, incluso cuando las estadísticas eran claras.

El equipo de investigación, liderado por Rahmi Saylik, de la Universidad Mus Alparslan, junto con científicos de la Brunel University London y la Universidad de Oxford, se propuso poner a prueba una pregunta sencilla: ¿cambia la «valencia» emocional de un rostro -positiva o negativa- lo bien que aprendemos sobre causa y efecto entre personas?

Dentro del experimento: rostros fugaces y patrones ocultos

A lo largo de cuatro experimentos, más de 300 participantes completaron tareas rápidas por ordenador. Observaban secuencias de imágenes que aparecían de forma fugaz: a veces rostros, a veces formas geométricas o diseños con patrones. Una imagen hacía el papel de «emisor» y la siguiente, de «receptor». La tarea de los participantes consistía en puntuar hasta qué punto creían que la primera causaba la segunda.

El giro: los investigadores controlaban en secreto la relación estadística real entre señal y resultado. En algunos bloques, la primera imagen casi siempre predecía la segunda. En otros, el emparejamiento era en gran medida aleatorio.

Los rostros tristes difuminan la imagen estadística

En el primer experimento, 107 personas vieron combinaciones de rostros felices, rostros tristes o formas sencillas. Tras cada bloque, calificaban cuán fuerte les parecía el vínculo causal, usando una escala de negativa a positiva.

  • Por lo general, los participantes podían distinguir relaciones fuertes de relaciones débiles.
  • Pero cuando las imágenes eran rostros tristes, sus valoraciones se alejaban de las estadísticas reales.
  • De forma sistemática, juzgaban el vínculo causal como más débil de lo que realmente era.

Los rostros felices y las formas produjeron juicios mucho más precisos. Ese patrón sugería que había algo específico en la tristeza que interfería con un pensamiento causal claro.

La emoción negativa no solo no ayudó al aprendizaje: tiró activamente de los juicios de las personas alejándolos de los hechos.

No es solo una rareza de las imágenes o de un simple recuento

Una posible objeción era que los rostros y las formas simplemente se ven demasiado distintos. Quizá las personas reaccionaban de forma diferente porque las imágenes eran más difíciles de comparar visualmente, no por su carga emocional.

Así que, en un segundo experimento con 82 nuevos voluntarios, el equipo controló ese factor. Todas las imágenes se presentaron en blanco y negro, los rostros aparecían dentro de ventanas ovaladas y las formas se diseñaron para imitar la presencia o ausencia de una «característica» visual, del mismo modo que un rostro es emocional o neutro.

El resultado apenas cambió: los ensayos con rostros tristes siguieron llevando a una causalidad percibida más débil que los ensayos con rostros felices o con formas. Curiosamente, no hubo una diferencia real entre rostros felices y formas neutras, lo que sugiere que la emoción positiva no estaba mejorando el rendimiento; más bien, la emoción negativa lo estaba arrastrando hacia abajo.

Otra preocupación era que las personas quizá se limitaran a contar cuántas veces aparecían juntas dos imágenes, en lugar de calcular una probabilidad real. Esto se conoce como la «hipótesis del emparejamiento».

Para ponerla a prueba, el tercer experimento, con 90 participantes, diseñó condiciones engañosas: en algunas, la señal y el resultado aparecían juntos a menudo pero eran malos predictores; en otras, aparecían juntos pocas veces pero eran predictores fuertes.

Los participantes calificaron de forma consistente como más fuertes los vínculos estadísticamente más fuertes, incluso cuando el número de emparejamientos era el mismo, lo que muestra que estaban siguiendo la probabilidad y no solo la frecuencia.

Una vez más, en condiciones emocionales negativas, su percepción de la causalidad descendía.

La ira y el miedo también distorsionan los juicios

El experimento final amplió la pregunta: ¿es este efecto exclusivo de la tristeza, o se extiende a otros estados negativos?

Cincuenta y un participantes completaron el mismo tipo de tarea, pero esta vez los rostros expresaban felicidad, ira o miedo. El patrón se mantuvo. Cuando las imágenes eran de ira o miedo, las personas calificaban los vínculos causales reales como más débiles que cuando los rostros eran felices.

Expresión facial Fuerza causal percibida
Feliz Más cercana a la relación estadística real
Triste Subestimada de forma sistemática
Enfadada Subestimada en relaciones positivas
Temerosa Subestimada en relaciones positivas

A través de emociones de valencia negativa -tristeza, ira, miedo- emergió un tema: interferían con la capacidad del cerebro para calibrar correctamente la causa y el efecto en señales sociales.

Por qué los rostros amenazantes secuestran nuestro ancho de banda mental

Desde hace tiempo, la psicología ha tratado los rostros amenazantes como «especiales». Captan la atención rápidamente, desencadenan respuestas emocionales rápidas y pueden haber ofrecido ventajas evolutivas al señalar el peligro.

Este nuevo trabajo sugiere que captar la atención es solo la mitad de la historia. Los rostros negativos pueden desviar recursos hacia reacciones internas -preocupación, vigilancia, activación fisiológica-, dejando menos capacidad para un razonamiento estadístico más lento.

Una mirada triste o furiosa puede detectarse al instante, pero esa misma mirada puede hacer más difícil pensar con claridad sobre qué condujo a ella.

En otras palabras, el cerebro puede quedar atrapado entre «¿qué significa esto para mí ahora mismo?» y «¿qué suele seguir a esta expresión a lo largo de muchas situaciones?». La pregunta urgente, emocional, tiende a imponerse, a costa del pensamiento analítico sobre patrones.

Qué significa esto para las discusiones, el conflicto y los malentendidos cotidianos

Los hallazgos ofrecen un nuevo ángulo sobre por qué los conflictos escalan y por qué la gente a menudo juzga mal las intenciones cuando la tensión es alta.

Imagina a una pareja discutiendo. Uno de los miembros tiene una expresión herida y enfadada. El otro intenta razonar qué ha llevado a ese momento. Si las expresiones negativas interfieren con el aprendizaje causal, el miembro que «razona» puede estar, en realidad, teniendo dificultades para seguir la cadena real de acontecimientos. Su cerebro está manejando simultáneamente el impacto emocional del rostro de la otra persona.

Esa mezcla podría conducir a interpretaciones distorsionadas, como:

  • Pasar por alto señales anteriores, más calmadas, que contribuyeron al conflicto.
  • Subestimar lo fuerte que las acciones de una persona predicen las reacciones de la otra.
  • Asumir que todo es aleatorio o «de la nada» cuando en realidad existen patrones.

En el trabajo pueden darse dinámicas similares. Un responsable que a menudo parece estresado o irritado puede dificultar que el personal lea qué causa realmente los elogios, las críticas o un ascenso. La gente puede no notar que ciertos comportamientos conducen de forma fiable a resultados positivos, simplemente porque el trasfondo emocional es tenso.

Términos clave detrás de la investigación

Dos ideas del estudio aparecen con regularidad en las ciencias del comportamiento:

  • Valencia: la «dirección» emocional de un estímulo; a grandes rasgos, cuán positivo o negativo se siente. Una sonrisa tiene valencia positiva; un gesto adusto, negativa.
  • Contingencia: la fuerza del vínculo estadístico entre una señal y un resultado. Si un amigo casi siempre se ríe de tus bromas, la contingencia entre contar chistes y su risa es alta.

Por supuesto, a los participantes no se les dijo nada de este lenguaje técnico. Aun así, sus puntuaciones mostraron que, con imágenes calmadas o positivas, las personas son bastante buenas actuando como estadísticos intuitivos. Con emoción negativa, esa habilidad flaquea.

Límites de la evidencia y escenarios de la vida real

Los experimentos usaron fotos estáticas presentadas por ordenador. Las conversaciones reales implican rostros en movimiento, tono de voz, lenguaje corporal e historia compartida entre personas. Esa complejidad podría hacer que la interferencia emocional fuera más fuerte o más débil en la vida cotidiana.

Los participantes eran mayoritariamente estudiantes universitarios neurotípicos. Las personas con ansiedad, depresión o antecedentes de trauma podrían reaccionar de forma muy diferente a expresiones negativas. En algunos casos, un rostro temeroso o enfadado puede desencadenar reacciones internas mucho más intensas, reduciendo aún más el espacio mental disponible para seguir la causa y el efecto.

Piensa en un trayecto en transporte público abarrotado. Alguien frunce el ceño hacia ti después de que lo empujes sin querer. Si tu atención se fija en su expresión, puedes sentir vergüenza o ponerte a la defensiva y dejar de notar el patrón que en realidad importa: con qué frecuencia pequeñas disculpas desactivan rápidamente esos momentos. Con el tiempo, estas pequeñas malas interpretaciones pueden construir la sensación de que las situaciones sociales son impredecibles u hostiles, incluso cuando normalmente siguen reglas bastante estables.

Trabajos futuros que combinen estas tareas con medidas fisiológicas -frecuencia cardiaca, conductancia de la piel, seguimiento ocular- podrían cartografiar con precisión cómo la activación emocional compite con el razonamiento estadístico. Ese tipo de datos podría ayudar a diseñar mejores estrategias de comunicación en entornos de alto estrés, desde aulas hasta terapia de pareja y reuniones de equipo tensas, donde los rostros rara vez son neutrales y los juicios de causa y efecto realmente importan.

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