Localmente, pescadores, conservacionistas y autoridades chocan por el futuro del cormorán grande, un ave piscívora a la que ahora se culpa de golpear unas poblaciones de peces fluviales ya frágiles.
Los pescadores dicen que las protecciones están saliendo mal
En el centro de la disputa hay un cálculo sencillo realizado por la federación de pesca del Jura. Tomaron la cantidad media de pescado que come cada día un cormorán grande y la multiplicaron por el número de aves que invernan en el departamento.
La estimación de población, algo más de 600 aves, procede de la Liga para la Protección de las Aves francesa (LPO). Llamativamente, los pescadores no cuestionan esa cifra. Lo que les preocupa es lo que representan esos 600 ejemplares cuando se suma su apetito de octubre a abril.
Según sus cuentas, los cormoranes que invernan en el Jura engullen más de 50 toneladas de pescado en una sola temporada.
Para Roland Brunet, presidente de la federación departamental de pesca del Jura, ese número se siente como una bofetada. Sus miembros invierten dinero y horas de voluntariado en restaurar hábitats fluviales, plantar vegetación de ribera y vigilar la calidad del agua. Ven truchas, lucios y tímalos repoblados o cuidados, solo para imaginarlos “desapareciendo por la garganta” de un depredador protegido.
Detrás de la frustración hay una ansiedad más profunda: las especies autóctonas de peces de río en el Jura ya están bajo presión por el calentamiento del agua, las sequías, la contaminación y la fragmentación del hábitat. Los pescadores sostienen que añadir una depredación intensa encima de esos factores podría ser el punto de inflexión final para algunos tramos de río.
Luz verde parcial para abatir cormoranes
El ave está protegida a nivel europeo, pero la ley francesa permite controles letales selectivos bajo condiciones estrictas. En noviembre de 2025, el prefecto del Jura firmó una orden que autoriza el abatimiento de hasta 300 cormoranes grandes este invierno.
Hay una trampa que enfurece a los pescadores de río: la medida solo se aplica a aguas cerradas, como piscifactorías y estanques privados. Son zonas donde los cormoranes se concentran en bandos densos y donde las pérdidas económicas son fáciles de cuantificar.
El decreto pretende proteger las explotaciones acuícolas, no los ríos de curso libre donde viven los peces silvestres.
Desde la perspectiva de los piscicultores, la orden es un alivio. Pueden pedir a tiradores autorizados que ahuyenten o maten a los cormoranes que asaltan repetidamente sus balsas, donde cada pez tiene un valor de mercado claro y las pérdidas pueden alcanzar rápidamente miles de euros.
En los ríos, sin embargo, no cambia nada. Los pescadores observan bandos de cormoranes patrullando sus pozas y corrientes favoritas, tragándose las mismas truchas comunes (trucha fario), lucios y tímalos que aparecen en listas oficiales de especies protegidas o vigiladas.
Por qué se trata de forma distinta a los ríos
Las autoridades suelen trazar una línea entre “eaux closes” (aguas cerradas) y “eaux libres” (aguas libres). En los sistemas cerrados, predomina la gestión humana: los peces se repueblan, se alimentan y se cosechan. El daño es fácil de atribuir y el control letal selectivo se ve como una respuesta directa a un perjuicio económico claro.
En los ríos abiertos, los ecosistemas son más complejos. Los cormoranes forman parte de la comunidad faunística autóctona o, al menos, asentada desde hace mucho tiempo. Las administraciones temen que autorizaciones amplias de disparo puedan derivar en una persecución incontrolada, afectando no solo a los cormoranes, sino también a otras especies de aves por identificaciones erróneas o prácticas ilegales.
También existe una preocupación científica. Las poblaciones de peces de río fluctúan por muchas razones: temperatura, caudal, calidad del agua, presas, especies invasoras y la propia presión de la pesca. Demostrar que los cormoranes son el factor decisivo es más difícil que contar carpas desaparecidas en un estanque.
Qué piden los pescadores
Las organizaciones de pesca del Jura dicen que no piden una erradicación. Lo que quieren es la misma herramienta legal de la que disfrutan los piscicultores: una derogación que permita abatir un número controlado de aves en los ríos, en lugares y momentos específicos.
Según los representantes de la federación, un esquema así podría centrarse en:
- Zonas de freza altamente sensibles para truchas y tímalos
- Tramos cortos de río donde los juveniles se concentran en invierno
- Proyectos de rehabilitación donde el dinero público financia la restauración del hábitat
- Secciones ya sometidas a restricciones de pesca para proteger poblaciones vulnerables
Sostienen que, sin control de depredadores, las inversiones en hábitat pierden gran parte de su valor. Para ellos, el marco legal actual protege a una especie -el cormorán- mientras deja expuestas a otras, aunque esos peces también figuren en planes de conservación.
El retorno del cormorán y las presiones climáticas
El cormorán grande ha experimentado un fuerte repunte en toda Europa desde la década de 1980. Costas más limpias, la prohibición de algunos pesticidas y la protección legal han contribuido al regreso. En el interior, embalses y lagos artificiales proporcionan nuevos dormideros y zonas de alimentación.
Al mismo tiempo, los ríos del Jura afrontan patrones de caudal cada vez más erráticos. Los veranos calurosos y secos bajan los niveles de agua y elevan las temperaturas, estresando a especies de aguas frías como la trucha. Las crecidas invernales pueden arrasar los lechos fluviales justo cuando los huevos están incubándose.
La depredación de los cormoranes recae sobre poblaciones de peces ya debilitadas por el clima y las presiones humanas.
Algunos biólogos advierten contra convertir en chivo expiatorio a un único depredador, señalando el concepto de “impactos acumulativos”. Si las temperaturas del agua siguen aumentando y los hábitats continúan fragmentados, incluso una reducción drástica del número de cormoranes podría no devolver la abundancia de peces a niveles pasados.
Los pescadores replican que precisamente por eso debe abordarse toda presión evitable, incluida la fuerte depredación de aves sobre los peces que pasan el invierno.
Gestionar a un depredador protegido por ley
El cormorán grande figura en la Directiva de Aves de la UE, que obliga a los Estados miembros a mantener las poblaciones en un estado de conservación favorable. Las derogaciones, como los permisos de disparo, deben estar justificadas y ser proporcionadas.
En la práctica, esto conduce a un mosaico de normas. Algunas regiones autorizan controles en ríos bajo una vigilancia estricta; otras, como el Jura por ahora, limitan la acción a piscifactorías y aguas cerradas.
Las condiciones típicas de estas derogaciones incluyen:
| Condición | Finalidad |
|---|---|
| Cupos fijos | Evitar descensos a gran escala en las poblaciones de aves |
| Periodos restringidos | Evitar molestias durante la reproducción o picos migratorios |
| Zonas designadas | Centrarse en áreas con implicaciones ecológicas o económicas claras |
| Obligaciones de notificación | Registrar los ejemplares abatidos y evaluar la eficacia |
Los pescadores del Jura quieren que la prefectura amplíe este modelo a ciertos tramos de río, argumentando que las cifras locales de aves se mantendrían sanas mientras se da un respiro a los peces.
Términos y tensiones detrás del debate
Dos expresiones técnicas marcan la conversación. Las “eaux closes” son, esencialmente, masas de agua controladas con límites claros y propietarios, donde el acceso y la repoblación pueden gestionarse estrechamente. Las “eaux libres” se refieren a ríos y lagos naturales conectados a lo largo de grandes distancias, donde la fauna y los peces se desplazan con más libertad.
Comprender esa distinción ayuda a explicar por qué los esquemas de compensación, las estimaciones de daños y los permisos de disparo son más fáciles de organizar para unos que para otros.
La disputa en el Jura también refleja una tensión europea más amplia entre distintas visiones de la naturaleza. Algunos grupos conservacionistas prefieren dejar que la dinámica depredador-presa siga su curso con una interferencia mínima, incluso en paisajes muy modificados. Los pescadores y las comunidades rurales suelen adoptar una visión más intervencionista, viéndose como custodios a largo plazo que deben equilibrar especies en un entorno modelado por el ser humano.
Si las proyecciones climáticas para la región se cumplen, las poblaciones de peces en ríos fríos y de corriente rápida podrían enfrentarse a límites térmicos más estrictos y a periodos de estiaje más frecuentes. En esos escenarios, el peso de la depredación por cormoranes, nutrias o garzas podría pasar de ser una molestia a una limitación seria.
Los responsables locales de la toma de decisiones en el Jura tendrán que sopesar esos futuros factores de estrés junto con las cifras actuales de cormoranes. Un cupo modesto hoy podría parecer preventivo o insuficiente dentro de 10 años, dependiendo de cómo respondan los ríos y los peces a un clima cambiante y a las decisiones de gestión humana.
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