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Esta sencilla regla de presupuesto mensual me ayudó a dejar de vivir de sueldo en sueldo.

Persona escribiendo en un cuaderno abierto en una mesa con café y notas adhesivas.

El día 27 de cada mes, mi app del banco solía parecer una película de terror. La abría con un ojo cerrado, medio esperando ver un saldo negativo y un descubierto zumbando en silencio. La nómina había entrado hacía apenas tres semanas, y aun así mi cuenta parecía un desierto: seca, agrietada y, curiosamente, llena de pequeñas huellas inexplicables etiquetadas como «café», «a domicilio» y «algo de Amazon».

Una noche, después de que me rechazaran otra vez la tarjeta en el supermercado, me senté en el borde de la cama con una cesta de comida congelada casi derritiéndose y pensé: «Esto no puede ser mi vida con 30».

Esa fue la noche en la que probé una regla de presupuesto estúpidamente simple.

No me hizo rico.

Solo detuvo el pánico.

La regla 60/30/10 que lo cambió todo en silencio

La regla que por fin rompió mi ciclo de vivir de nómina en nómina no fue una hoja de cálculo complicada ni una app con colores. Fue una proporción sencilla escrita en un pósit: 60/30/10. El 60% para necesidades, el 30% para deseos, el 10% para mi yo del futuro.

No la inventé yo. Hay variantes por todas partes en blogs de finanzas personales. Pero algo en esos números encajó en mi cerebro agotado. Se sentía estructurada y a la vez indulgente; más como una guía flexible que como un castigo.

Así que le di un mes. Solo un mes de decirle a mi dinero adónde tenía que ir, en vez de verlo escaparse.

La primera prueba real llegó tres días después de cobrar. Históricamente, ese era el momento en el que me trataba como si me hubiese tocado la lotería: copas, comida a domicilio, cosas aleatorias en el carrito online que me había «ganado» por sobrevivir otro mes.

Esta vez, apunté el importe real de mi nómina y lo multipliqué por 0,6, 0,3 y 0,1. Me salieron tres cifras que, de repente, se sintieron muy reales. Alquiler, facturas, comida, transporte, teléfono… todo tenía que caber dentro del 60%.

Abrí tres «espacios» en la app del banco, como si fueran pequeños sobres digitales. Uno para Necesidades (60%), otro para Ocio y vida (30%) y otro para Ahorro y objetivos (10%). Ver el dinero dividirse así fue… inquietante. Pero también un poco adictivo.

La magia de esta regla no está en las cuentas. Está en lo que obliga a hacer a tu cerebro. Dejas de preguntarte «¿Puedo permitírmelo?» y empiezas a preguntarte «¿De qué cubo sale esto?».

Ese cambio minúsculo importa. Mi alquiler ya no era solo un numerazo aterrador; era parte del 60%. Una entrada para un concierto no era un capricho culpable; o encajaba en el 30% o esperaba al mes siguiente.

La regla me daba permiso y límites a la vez. Ese equilibrio era lo que le faltaba a mi vida financiera caótica. Por debajo, transformó en silencio el deseo vago de «ser mejor con el dinero» en un mapa concreto de mi mes.

Cómo la usé de verdad sin convertirme en un robot del presupuesto

Aquí es donde la regla dejó de ser una idea mona y se convirtió en un hábito. La anclé al día de cobro. En cuanto entraba el sueldo, lo dividía: 60% al espacio de Necesidades, 30% a Ocio y vida, 10% a Ahorro y objetivos.

Una vez hecho eso, vivía con esos cubos. ¿Compra del súper? Necesidades. ¿Cena espontánea con amigos? Ocio y vida. ¿Factura inesperada del dentista? Normalmente Necesidades, y si reventaba el 60%, le pedía prestado a Ocio y vida, no a Ahorro.

No registré cada céntimo con disciplina militar. Solo miraba los tres saldos dos veces por semana, como cuando miras el tiempo antes de salir de casa. Rápido, simple, sin drama.

El gran error que cometí durante años fue fingir que mis gastos fijos eran flexibles. Decirme: «Ya encajaré el alquiler, la luz, las suscripciones y la compra según vayan llegando». Así es como acabas en shock el día 24, como si Netflix y el alquiler fueran invitados sorpresa.

Con el esquema 60/30/10, me enfrenté primero a esos costes. Mi cubo del 60% tenía que cubrir cómodamente:

  • Alquiler o hipoteca
  • Suministros e internet
  • Compra (compra de verdad, no pedir comida a diario)
  • Seguros, teléfono, mínimos de deudas, desplazamientos

Si el 60% no podía con ello, el mensaje era claro: mi estilo de vida no estaba alineado con mis ingresos. Doloroso, sí. Pero brutalmente esclarecedor.

Seamos sinceros: nadie lleva al día cada ticket ni categoriza cada café todos los días.

La trampa en la que muchos caemos con el presupuesto es «perfección o nada». Una cena imprevista, una compra impulsiva, y el sistema «falla», así que lo abandonamos. La regla 60/30/10 sobrevivió a mi humanidad. Tenía margen para errores.

Hubo meses en los que mi cubo de Ocio y vida llegó a cero el día 20. Eso escocía. Pero no pasé hambre. Las Necesidades seguían cubiertas y el Ahorro seguía teniendo su parte. Mi «castigo» fue simplemente un calendario social más tranquilo durante diez días.

«El punto de inflexión no fue cuando empecé a ahorrar miles. Fue el primer mes en el que mi cuenta no bajó a cifras de un dígito antes de la nómina.»

  • El 60% para Necesidades ancla lo básico para que no te corten la luz.
  • El 30% para Deseos te permite disfrutar sin esa resaca de «me voy a arrepentir».
  • El 10% para Ahorro va creando poco a poco un colchón entre tú y el pánico.
  • La proporción puede flexionar un poco, pero los tres cubos son sagrados.
  • No necesitas un control perfecto; solo una dirección constante.

Lo que cambia cuando ya no estás contando los días hasta cobrar

La parte más rara no fue tener más dinero. Fue tener más espacio mental. Cuando dejas de mirar el saldo antes de cada pago con tarjeta, tu cerebro se relaja de una forma silenciosa que al principio ni notas.

Al cabo de unos meses, tuve mi primera emergencia «sin desastre». Se me murió el portátil. Antes, habría entrado en espiral, lo habría pagado con tarjeta de crédito y luego habría intentado no pensar en la factura. Esta vez, tiré de mi cubo -aún pequeño- de Ahorro y objetivos y lo repuse recortando de Ocio y vida. Dolió igual. Pero no rompió nada.

Ahí fue cuando me di cuenta de que ya no vivía al borde del colapso financiero cada 30 días.

Punto clave Detalle Valor para el lector
Estructura 60/30/10 60% necesidades, 30% deseos, 10% ahorro asignados a «cubos» separados Ofrece una forma clara y de bajo esfuerzo de organizar cada nómina
Ritual del día de cobro Dividir el dinero al cobrar y vivir con los tres saldos Reduce la ansiedad y las dudas durante el mes
Flexible, no perfecto Margen para errores y para mover un poco entre cubos Hace el sistema sostenible para el comportamiento humano real

Preguntas frecuentes

  • Pregunta 1 ¿Y si mis necesidades ya se llevan más del 60% de mis ingresos? Empieza por registrar un mes con honestidad y luego ajusta la proporción a 70/20/10 o 65/25/10. La clave es seguir protegiendo una pequeña porción de ahorro, aunque al principio sea solo un 5%.
  • Pregunta 2 ¿Debería crear cuentas bancarias reales para cada cubo? Puedes, pero muchas apps bancarias ya ofrecen subcuentas o «espacios». Si la tuya no lo permite, una hoja de cálculo sencilla o incluso tres líneas en la app de notas puede servir.
  • Pregunta 3 ¿Dónde encajan los pagos de deudas en esta regla? Los pagos mínimos de deudas van en el cubo del 60% (Necesidades). Cualquier extra que destines a deuda puede salir del 10% (Ahorro y objetivos) o de parte del 30% si la estás amortizando de forma agresiva.
  • Pregunta 4 ¿Y si cobro semanalmente o de forma irregular? Aplica la regla a cada ingreso en vez de al mes completo. Cada vez que entre dinero, divídelo 60/30/10 sobre ese importe.
  • Pregunta 5 ¿Cuánto tarda en desaparecer la sensación de estar siempre sin un duro? La mayoría nota un cambio en 2–3 ciclos de cobro. Las cifras no se disparan de la noche a la mañana, pero la sensación de control llega mucho antes que los saldos grandes.

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