Perovskite solar panels are jumping past long‑assumed efficiency limits, new batteries are targeting days of storage, and nuclear fusion researchers are tackling the fuel problem that kept the technology on the horizon for decades.
La energía solar rompe su techo de cristal
Durante años, la industria solar ha convivido con una cifra tozuda: alrededor del 25%. Ese era el techo práctico de los paneles comerciales de silicio, los rectángulos azules que hoy cubren tejados y campos por toda Europa, Estados Unidos y Asia.
El silicio es barato, estable y bien conocido. Sin embargo, solo aprovecha una parte de la luz del Sol. El resto se refleja o se desperdicia en forma de calor. Ese límite inherente obligó a los desarrolladores a centrarse en bajar precios y escalar la producción, más que en dar grandes saltos de rendimiento.
En 2026, esa ecuación por fin cambia gracias a las llamadas células tándem de perovskita y silicio.
Cómo funcionan las células tándem de perovskita
Las perovskitas son una familia de materiales cristalinos que pueden ajustarse para absorber colores específicos de la luz. Los investigadores apilan una fina capa de perovskita sobre una célula tradicional de silicio, creando una estructura «tándem».
La capa de perovskita captura fotones azules y verdes de mayor energía, mientras que la capa de silicio inferior se encarga de la parte roja e infrarroja del espectro. Cada capa hace el trabajo para el que mejor está preparada.
Al repartir la luz solar entre dos materiales especializados, las células tándem extraen más electricidad de la misma superficie de panel.
Según trabajos recientes revisados por pares en Nature, los dispositivos de laboratorio ya han alcanzado en torno al 34% de eficiencia. No es un pequeño ajuste; es un cambio de escala. Y, por una vez, el paso de prototipo a producto no está a décadas vista.
De las salas blancas a los tejados
Varios fabricantes ya están preparando los primeros módulos comerciales de perovskita–silicio, y se espera que los primeros lotes se envíen en 2026.
Estos primeros productos apuntarán a segmentos prémium: tejados urbanos saturados, naves industriales, aplicaciones aisladas de la red y energía portátil. En esos casos, los clientes valoran más obtener el máximo de vatios por metro cuadrado que el precio mínimo absoluto.
- Edificios urbanos con poco espacio en cubierta
- Centros de datos que endurecen sus objetivos de carbono
- Torres y sensores de telecomunicaciones remotos
- Equipos de energía para camping, uso marino y emergencias
Si los paneles demuestran durabilidad frente a lluvia, calor y radiación UV en condiciones reales, los precios deberían bajar a medida que las fábricas aumenten escala. Eso podría elevar la producción solar sin necesitar más terreno, una preocupación clave para países densamente poblados.
El almacenamiento pasa de horas a días
Una solar más eficiente no resuelve el problema más antiguo de las renovables: el Sol se pone, el viento cae y las redes siguen necesitando electricidad. Las baterías de ion‑litio dominantes hoy son excelentes para desplazar energía durante unas pocas horas. Les cuesta, tanto técnica como económicamente, cuando se les pide mantener energía durante varios días.
Ahí es donde una nueva generación de tecnologías de almacenamiento de larga duración empieza a pasar de pilotos a producción.
Las baterías de hierro‑aire apuntan a 100 horas de almacenamiento
La empresa estadounidense Form Energy ha estado trabajando en baterías de hierro‑aire, una química que literalmente oxida y desoxida hierro para almacenar energía. Al cargar, el sistema usa electricidad para convertir el óxido en hierro metálico. Al descargar, el hierro se reoxida, liberando energía.
Form Energy afirma que sus sistemas de hierro‑aire pueden suministrar electricidad hasta 100 horas con un coste previsto menor que el de construir nuevas centrales de gas para respaldo.
Tras varios proyectos de demostración, la compañía inició la producción comercial en 2025 y planea aumentar la producción en 2026. Las eléctricas ven estas baterías como una vía potencial para superar periodos de varios días con poco sol y viento sin depender en gran medida de combustibles fósiles.
La contrapartida es el tamaño. Las baterías de hierro‑aire son voluminosas y responden más lentamente que las de ion‑litio. No están pensadas para ir en un coche. Su nicho es la escala de red: en campos o junto a subestaciones, cargándose en silencio cuando las renovables abundan y descargando cuando la red se estrecha.
El ion‑sodio sale de la sombra del litio
En el extremo de menor duración, otra tecnología apunta justo a los puntos débiles del litio: el coste y las materias primas. Las baterías de ion‑sodio sustituyen el litio por sodio, un elemento mucho más abundante presente en la sal común.
El gigante chino CATL ha estado desarrollando una línea de ion‑sodio bajo la marca Naxtra y avanza hacia la producción masiva en 2026. La empresa presenta la tecnología como más segura y más barata que el ion‑litio convencional para ciertos usos.
| Tipo de batería | Principal fortaleza | Principal inconveniente |
|---|---|---|
| Ion‑litio | Alta densidad energética, respuesta rápida | Metales caros, riesgos de suministro |
| Ion‑sodio | Materias primas más baratas, mayor seguridad | Menor densidad energética que el ion‑litio |
| Hierro‑aire | Duración muy larga a bajo coste | Voluminosa, carga/descarga más lenta |
Las celdas de ion‑sodio almacenan menos energía por kilogramo que las mejores de ion‑litio. Eso limita su uso en coches eléctricos de gran autonomía, al menos por ahora. Aun así, resultan atractivas para coches urbanos, autobuses, patinetes y almacenamiento estacionario, donde el tamaño es menos crítico y manda el coste.
Combinando sistemas de ion‑litio, ion‑sodio y hierro‑aire, las redes pueden cubrir segundos, horas y días de almacenamiento en lugar de depender de una batería «perfecta».
La fusión se enfrenta a su cuello de botella de combustible
Mientras la solar y las baterías avanzan hacia almacenes y tejados, la fusión sigue en fase experimental. La idea básica es elegante: fusionar núcleos atómicos ligeros, como hace el Sol, y aprovechar la energía que libera ese proceso.
En los últimos años se han batido récords de temperatura y ganancia energética dentro de dispositivos experimentales. Sin embargo, un problema menos vistoso frena a la fusión: el suministro de combustible, en concreto el isótopo radiactivo del hidrógeno tritio.
Por qué importa el tritio
Muchos de los conceptos líderes de fusión, incluidos los basados en tokamaks, planean funcionar con una mezcla de deuterio y tritio. El deuterio abunda en el agua de mar. El tritio no. Solo existen unas pocas decenas de kilogramos en todo el mundo, principalmente como subproducto de reactores nucleares actuales, con una producción anual de apenas unos pocos kilogramos.
Una sola central de fusión de 1 gigavatio necesitaría del orden de 50–60 kilogramos de tritio cada año. Con los ritmos actuales de producción, un reactor comercial se tragaría todo el suministro mundial.
Ese desajuste ha obligado a empresas de fusión y laboratorios públicos a trabajar en la «cría» de tritio dentro del propio reactor, usando mantos que contienen litio y que generan tritio cuando los alcanzan neutrones energéticos procedentes de las reacciones de fusión.
Unity‑2 apunta a un ciclo cerrado de tritio
En 2026, Canadian Nuclear Laboratories y la start‑up japonesa Kyoto Fusioneering planean poner en marcha una instalación de investigación dedicada llamada Unity‑2 en Chalk River, Canadá.
Unity‑2 está concebida como un banco de pruebas para uno de los desafíos menos glamurosos, pero más decisivos, de la fusión: manipular, recuperar y reciclar tritio de forma segura a escala.
El objetivo es demostrar un ciclo cerrado de tritio. En este enfoque, el tritio que circula por una planta de fusión se captura, purifica y reintroduce continuamente en el sistema, reduciendo la necesidad de suministro externo a un nivel manejable.
El proyecto no convierte la energía de fusión en comercial de la noche a la mañana, pero aborda un cuello de botella del mundo real en lugar de limitarse a perseguir un mejor rendimiento del plasma. Los reguladores también observarán cómo se contiene y mide el tritio y cómo se evita su liberación al medio ambiente, ya que la confianza pública dependerá en gran medida de estas rutinas.
Cómo podría verse esta combinación energética en la práctica
Si estas tendencias continúan hasta finales de la década de 2020, una red nacional típica en 2030 podría ser bastante distinta de la actual.
Las plantas solares y sistemas en tejado con tándem de perovskita generarían más electricidad a partir de la misma superficie de terreno. Las baterías de ion‑litio y de ion‑sodio gestionarían el pico vespertino, suavizando el traspaso diario de la solar a la eólica u otras fuentes. Bancos de hierro‑aire cerca de grandes ciudades permanecerían inactivos gran parte del tiempo y entrarían en acción durante episodios fríos de varios días o rachas nubladas y sin viento.
Las centrales de gas seguirían funcionando, pero con menor frecuencia, actuando como red de seguridad más que como caballos de batalla diarios. Si los prototipos de fusión superan hitos clave, podrían empezar a inyectar pequeñas cantidades de electricidad a la red hacia la década de 2030, más como unidades de demostración que como pilares centrales.
Conceptos clave que conviene desglosar
Varios términos técnicos están en el centro de estos cambios:
- Eficiencia: la proporción de luz solar que un panel convierte en electricidad utilizable. Pasar del 25% al 34% significa, aproximadamente, un tercio más de potencia a partir de la misma superficie.
- Intermitencia: el hecho de que la producción eólica y solar sube y baja con el tiempo meteorológico y la luz diurna, y no con la demanda.
- Almacenamiento de larga duración: sistemas capaces de entregar energía durante decenas de horas o días, complementando a las baterías rápidas de ion‑litio, que funcionan mejor de minutos a unas pocas horas.
- Ciclo cerrado de combustible: en fusión, un ciclo en el que el reactor produce y recicla en gran medida su propio tritio, limitando la dependencia externa.
Cada nueva tecnología trae compromisos. Las perovskitas plantean dudas sobre estabilidad a largo plazo y contenido de plomo. Los sistemas de hierro‑aire ocupan más espacio que las turbinas de gas. La manipulación de tritio exige salvaguardas cuidadosas. Sin embargo, combinados, estos enfoques amplían el abanico de opciones para países que buscan recortar emisiones sin apostar todo a una única bala de plata.
Los hogares pueden notar el cambio primero mediante paneles de tejado más eficientes y baterías domésticas más baratas, posiblemente basadas en ion‑sodio. Las industrias con necesidades grandes y constantes de energía podrían firmar contratos respaldados por almacenamiento de larga duración o, algún día, unidades piloto de fusión. Para los responsables políticos, el reto será menos esperar avances y más actualizar redes, normas y mercados con la suficiente rapidez para absorber tecnologías que por fin están saliendo del laboratorio.
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