Saltar al contenido

Bajar la calefacción al salir: expertos desvelan la trampa que perjudica tu confort y ahorro.

Persona ajustando termostato en pared cerca de mesa con taza humeante y reloj pequeño en habitación luminosa.

La puerta hace clic, el pomo gira y esa pequeña oleada de culpa te golpea cuando echas un vistazo al termostato. Acabas de bajarlo “un poco” antes de salir hacia el trabajo, el colegio o ese otro recado de última hora que se alarga. En tu cabeza ya estás contando los euros que vas a ahorrar. Menos calefacción, menos dinero quemado. Sencillo. Lógico. Casi virtuoso.

Luego, horas después, vuelves a entrar en un piso que se siente como una nevera que olvidó que debía ser un hogar. Vas directo al radiador o al termostato conectado, lo subes todo a tope y esperas, envuelto en el abrigo, preguntándote por qué la factura sigue escociendo cada mes.

En algún punto entre esos dos momentos, dicen los expertos, una trampa se cierra de golpe.

Por qué bajar la calefacción puede salir caro en confort… y en la factura

Todos hemos pasado por ahí: ese momento en que coges las llaves y, por instinto, bajas el termostato como si estuvieras haciendo algo heroico por el planeta y por tu bolsillo. El gesto se siente inteligente, controlado, disciplinado. La casa se enfría mientras estás fuera, te imaginas el contador girando más despacio y tu conciencia se relaja.

Sin embargo, la historia que cuentan a menudo los especialistas en calefacción es muy distinta. Describen viviendas que oscilan bruscamente de caliente a frío, paredes que nunca terminan de secarse y sistemas forzados al máximo en cuanto vuelves a casa. Ese pequeño giro del dial puede estar plantando una diminuta bomba de relojería energética.

Pensemos en Sofía, 39 años, que vive en una casa adosada por un lado a las afueras. El invierno pasado, bajaba orgullosa la calefacción a 12 °C cada día antes de ir a la oficina. Estaba fuera unas nueve horas, a veces más, convencida de que recortaría su factura mensual en un tercio.

Al principio, los números parecieron moverse ligeramente en la dirección correcta. Luego llegó la primera ola de frío de verdad. El gráfico de consumo de gas de su comercializadora parecía una montaña rusa. Cada tarde, la caldera rugía durante más de una hora solo para intentar devolver la casa a algo soportable. ¿La factura? Apenas más baja, y la sensación de frío colándose en suelos y paredes era mucho peor.

Los ingenieros energéticos llaman a esto la “penalización por recalentamiento”. Cuando una vivienda se deja caer demasiado de temperatura, el sistema de calefacción no solo vuelve a calentar el aire. Tiene que recalentar los muebles, las paredes, los suelos: toda la masa térmica del edificio. Eso exige ciclos largos e intensos en los que la caldera o la bomba de calor funcionan cerca de su potencia máxima.

Y hay otro giro: una casa más fría permite que la humedad se quede. Las superficies se sienten húmedas, no acogedoras, incluso cuando el termostato dice que la temperatura está bien. Acabas subiendo la calefacción más que antes solo para perseguir esa sensación seca y confortable. El supuesto ahorro se derrite y solo queda una vaga impresión de que algo en la rutina no cuadra.

La regla de los expertos: cuánto deberías bajarla de verdad

Los expertos en calefacción suelen volver a una regla sensata: baja la temperatura alrededor de 1 a 3 °C cuando estés fuera unas horas, no 7 u 8 °C. Esa pequeña diferencia ya reduce el consumo de forma notable sin obligar al sistema a sesiones brutales de recalentamiento después.

El punto dulce suele ser algo así: 19–20 °C cuando estás en casa y despierto, alrededor de 17 °C cuando sales durante el día, quizá 16–17 °C por la noche si tu aislamiento es decente. El objetivo es dejar que la vivienda se enfríe de forma suave, sin cruzar el umbral en el que todo -paredes, muebles, suelos- empieza a sentirse profundamente frío al tacto.

El error cotidiano que describen los expertos es muy humano: pasar de 0 a 100 con el termostato como si fuera un mando de volumen. ¿Te vas cuatro horas? Termostato a 12 °C. ¿Vuelves tiritando? Termostato a 24 °C “solo un rato” para calentarte más rápido.

Este vaivén estresa continuamente el sistema y tu confort. Tu cuerpo nunca se acostumbra a una temperatura de fondo estable, y tu caldera se comporta como un coche que solo hace ciudad: ráfagas cortas e intensas, muchas paradas y arranques, combustión más sucia, más desgaste. Seamos sinceros: nadie hace esto cada día con un horario perfecto y disciplina impecable.

Los técnicos de calefacción casi siempre proponen otra mentalidad: piensa en ritmo, no en drama. En vez de “apagado o casi apagado” cuando sales, aconsejan preprogramar reducciones suaves para los momentos principales del día: temperatura de primera hora, modo diurno mientras estás fuera, modo confort por la tarde y reducción nocturna.

“La gente imagina que el mayor ahorro viene de las mayores bajadas de temperatura”, explica Philippe, ingeniero de climatización que se dedica a auditar casas antiguas. “En realidad, el mayor ahorro viene de la estabilidad. Un sistema que funciona de forma continua a baja potencia durante periodos largos desperdicia menos que uno que arranca y se detiene de manera brusca.”

  • Limita las bajadas a aproximadamente 2–3 °C para ausencias de menos de 8–10 horas.
  • Usa un termostato programable o conectado en lugar de cambios manuales tipo yo-yo.
  • Mantén cerradas las puertas entre las estancias más frías y las más cálidas para evitar corrientes.
  • Comprueba que los radiadores no estén bloqueados por muebles voluminosos o cortinas pesadas.
  • Reserva bajadas más profundas solo para fines de semana fuera o viajes más largos.

Repensar el confort: un hogar que respira en vez de oscilar

Cuando empiezas a observar la calefacción como un ritmo vivo y no como un interruptor de encendido/apagado, tu relación con el confort cambia un poco. Notas que 19 °C con aire seco y sin corrientes se siente más acogedor que 21 °C con rincones húmedos y suelos helados. Te das cuenta de que los calcetines gordos y la manta del sofá no eran el enemigo del ahorro, sino parte de la ecuación.

Los expertos suelen decir que el termostato más inteligente es el que no tocas cada cinco minutos. Ajustas una base realista, una reducción suave cuando sales, y dejas de castigar al sistema por tus miedos a la factura. Tu casa deja de ser un campo de batalla entre “demasiado calor” y “demasiado frío”, y se convierte en algo… constante.

Punto clave Detalle Valor para el lector
Limitar las bajadas de temperatura Reducir 1–3 °C en ausencias cortas en lugar de grandes recortes Facturas más bajas sin sufrir tardes frías ni largos tiempos de recalentamiento
Preferir un funcionamiento estable Programar ritmos diarios suaves en lugar de extremos manuales Confort más uniforme, menos estrés para la caldera o la bomba de calor, menos averías
Pensar en la “masa térmica” Paredes, suelos y muebles no deben enfriarse en profundidad Calor más duradero, menos humedad, sensación realmente acogedora a menor temperatura

Preguntas frecuentes (FAQ)

  • Pregunta 1: ¿Apagar la calefacción por completo durante el día es lo que más dinero ahorra?
    Para ausencias muy cortas, no. A menudo el sistema gastará más energía recalentando toda la vivienda de la que ahorró al dejar que se enfriara demasiado.
  • Pregunta 2: ¿Cuál es la temperatura ideal cuando no estoy en casa?
    La mayoría de especialistas sugiere alrededor de 16–17 °C, según el aislamiento, para ausencias de unas horas o una jornada laboral completa.
  • Pregunta 3: ¿Bajar el termostato por la noche realmente ayuda?
    Sí: una bajada de 1–3 °C por la noche suele reducir el consumo y, a la vez, mantener la envolvente del edificio lo bastante templada para recuperar el confort rápido por la mañana.
  • Pregunta 4: ¿Merecen la pena los termostatos inteligentes para esto?
    Puede que sí, porque automatizan las reducciones suaves y anticipan tu vuelta, evitando el ciclo de “congelado y luego recalentado” que desperdicia energía.
  • Pregunta 5: ¿Y si mi casa se siente fría incluso a la temperatura correcta?
    Revisa primero corrientes, aislamiento y humedad. Una habitación seca y bien aislada a 19 °C suele sentirse más cálida que una habitación húmeda y con fugas a 21 °C.

Comentarios

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!

Dejar un comentario