Monday, 9:07 h. El espacio abierto ya está lleno de actividad. Tom entra con su taza de café reutilizable y esa sonrisa serena y centrada que sacó de algún podcast de liderazgo. Escucha, asiente, refleja las emociones de la gente como un profesional. En las reuniones, sus frases están pulidas, llenas de empatía y de “sostener el espacio”. A los responsables les encanta. RR. HH. lo cita como ejemplo.
Pero en los puestos de su equipo, el ambiente es… más gélido. Se ponen los ojos en blanco cuando pasa. Slack se llena de comentarios al margen cuando habla.
Porque algunas de las frases supuestamente “de inteligencia emocional” que usa… caen como una bofetada disfrazada de abrazo.
Y en cuanto empiezas a oírlas, ya no puedes dejar de oírlas.
1. «Te escucho, pero…»
Sobre el papel, esta frase parece perfecta. Empieza con validación, calidez, la ilusión de que estás escuchando. Luego el «pero» entra arrasando como un camión. Quienes leen sobre inteligencia emocional suelen aferrarse a esta fórmula, convencidos de que demuestra que conectan con los demás mientras se mantienen firmes.
En realidad, muchos compañeros la viven como: «He fingido escuchar y ahora te explico por qué te equivocas». La parte de «te escucho» suena performativa, como un guion. El «pero» borra todo lo anterior.
Con el tiempo, tu equipo deja de creer que de verdad les escuchas.
Imagínate una reunión de producto. Sara plantea una preocupación sobre la fecha de lanzamiento. Le inquieta que QA no tenga tiempo suficiente. Tom se gira hacia ella, asiente despacio.
«Te escucho, pero el negocio necesita que esto se entregue ya».
Al instante, cambia el ambiente. A Sara se le caen los hombros. Dos personas se miran. El mensaje de fondo es claro: tu miedo queda registrado, y luego descartado. Más tarde, junto a la cafetera, alguien murmura: «Siempre nos “escucha” justo antes de hacer exactamente lo que quería desde el principio».
Esa frase se convierte en una bandera roja. Una señal de que la decisión ya está tomada y que escuchar es puro teatro.
Desde un ángulo psicológico, esta fórmula choca con cómo funciona la validación de verdad. Validar significa que lo que dice la otra persona puede moverte un poco, aunque la decisión final no cambie.
El «pero» al final actúa como la tecla de borrar. El cerebro recuerda lo que viene después. Así que la frase que tu compañero realmente recibe es: «Te equivocas y aquí va mi visión racional y superior». Por eso genera resentimiento en silencio, incluso cuando el tono es calmado y las palabras suenan bonitas.
Si vas a usarla, quitar el «pero» y separar las dos ideas marca una diferencia enorme.
2. «Siento que te sientas así» (y sus primos falsos)
Este es el clásico absoluto del lenguaje “emocionalmente inteligente” que se agria. A primera vista suena suave, poco confrontativo, casi elegante. Quien quiere evitar drama lo usa como escudo.
Pero para quien está al otro lado, a menudo se siente como una forma fina de decir: «Tus sentimientos son tu problema, no el mío». No hay asunción, no hay responsabilidad; solo un encogimiento de hombros educado envuelto en palabras blandas.
Los compañeros detectan este patrón rápidamente. Puede que no lo ataquen en voz alta, pero el medidor de confianza baja cada vez que lo oyen.
Piensa en un responsable que se salta el one-to-one tres semanas seguidas. Su reporte directo por fin lo dice en Slack: «Me estoy sintiendo un poco apartado; necesitaba mucho esas reuniones».
La respuesta llega: «Siento que te sientas así, no era mi intención».
En la superficie, es calmado y respetuoso. Por debajo, esquiva el tema real: la conducta. No hay un «he metido la pata», no hay un «lo voy a arreglar». Más tarde, en privado, el equipo traduce el mensaje: «Eres demasiado sensible, yo no he hecho nada mal».
Seamos sinceros: nadie hace esto todos los días, pero cuando aparece en momentos de tensión emocional, se pega como el pegamento en la memoria de la gente.
Desde el punto de vista lingüístico, el sujeto de la frase lo dice todo. «Siento que te sientas así» sitúa la reacción del compañero como el problema, en lugar de tu acción. El cerebro lo lee como una culpa sutil.
Con el tiempo, frases así crean distancia emocional. La gente deja de traerte problemas, porque espera que la “gestiones”, no que la entiendas. La inteligencia emocional real suena más a: «Entiendo por qué te sentirías así, y aquí he fallado yo».
Ese pequeño cambio -de los sentimientos como una molestia a los sentimientos como feedback válido- puede darle la vuelta a toda la relación.
3. «Con todos los respetos…»
Es el equivalente en la oficina de decir «sin ánimo de ofender» justo antes de ofender. Quien quiere sonar equilibrado y profesional envuelve la crítica en esta fórmula, esperando suavizar el golpe.
Lo que hace, en realidad, es disparar la defensividad al instante. Todo el mundo sabe que lo que viene después será el mensaje de verdad, a menudo brusco o condescendiente. La parte del «respeto» rara vez se siente real. Es más bien un cinturón lingüístico.
Usada repetidamente por la misma persona, esta frase la convierte en el compañero con quien los demás evitan hacer brainstorming.
Imagina una reunión entre equipos. Las ideas vuelan. Marketing propone un experimento un poco desordenado, un poco arriesgado.
Alguien se inclina hacia delante y dice: «Con todos los respetos, aquí no hacemos las cosas así».
La conversación muere. La energía se va del cuarto. La gente se siente juzgada, no retada. Luego nadie propone ideas cuando esa persona está presente. Han aprendido que «con todos los respetos» es código para: «Prepárate para que te corten».
A gran escala, unas pocas frases así pueden matar la creatividad de un equipo en silencio.
El problema no es que aportes un punto de vista distinto. Es la dinámica de poder escondida en las palabras. «Con todos los respetos» sugiere que tú decides qué merece respeto. Te colocas arriba, repartiéndolo en pequeñas dosis.
Los compañeros perciben esa jerarquía al instante. Por eso la gente genuinamente inteligente emocionalmente tiende a asumir su perspectiva de forma directa: «Desde mi lado, me preocupa que…» o «Veo un riesgo aquí…». Así, el desacuerdo se convierte en colaboración, no en una bofetada verbal vestida de formalidad.
El lenguaje que reduce la distancia de poder percibida suele caer mejor que el que la aumenta.
4. «No lo llevemos a lo emocional»
En la superficie, suena sensato y compuesto: “la persona racional” intentando devolver a todos a la claridad. En muchos entornos, la calma emocional se aplaude, así que esta frase trae consigo cierto prestigio.
Pero a menudo se percibe como policía del tono. Cuando alguien está molesto o apasionado, decirle «no lo llevemos a lo emocional» envía un mensaje directo: tu reacción no es válida. Te estás pasando. La emoción se trata como un defecto, no como información sobre lo que importa.
Con el tiempo, los compañeros aprenden que tienen que aplanar la voz contigo o arriesgarse a que les cuelguen la etiqueta de «demasiado emocional».
Imagina a un ingeniero alzando la voz porque el trabajo de fin de semana se está colando en su agenda. Le tiembla un poco la voz; está cansado.
Su lead responde: «No lo llevemos a lo emocional, todos estamos bajo presión».
Lo que el ingeniero oye es: «Tu agotamiento es incómodo para el relato que prefiero». El contenido de su queja se pierde. El equipo quizá cumpla, pero lo hará con enfado silencioso. Los susurros en chats sustituyen a las conversaciones abiertas. La implicación cae, una “corrección racional” cada vez.
Irónicamente, intentar sacar la emoción de la sala suele crear más emoción.
Las emociones en el trabajo son señales. Apuntan a límites cruzados, valores amenazados, esperanzas invertidas. Cuando alguien dice «no lo llevemos a lo emocional», corta ese flujo de datos. Se siente como bajar el volumen de la experiencia vivida.
La gente con inteligencia emocional no necesita que todos se mantengan planos. Sabe que la habilidad real es permanecer con los pies en el suelo mientras se permite que los demás sientan. Una frase mucho mejor es: «Veo que esto te importa de verdad; vamos a desentrañar qué hay debajo».
Misma intención de calma. Impacto completamente distinto.
5. «Desde el amor / el cariño / el apoyo…»
Esta es común entre compañeros que leen mucho autoayuda o libros de coaching. Anteponen a una crítica dura: «Te lo digo desde el amor», o «Te lo comparto porque me importas». La intención es preciosa. La entrega puede resultar asfixiante.
¿Por qué? Porque te quita, en silencio, el derecho a molestarte. ¿Cómo vas a enfadarte si la otra persona acaba de decir que lo hace por amor? La frase puede convertirse en un escudo contra la rendición de cuentas: si reaccionas mal, eres un desagradecido ante su “cariño”.
Es lenguaje de inteligencia emocional doblado hacia presión emocional.
Piensa en un compañero senior que le dice a uno junior: «Te lo digo desde el apoyo, pero últimamente no estás actuando como un jugador de equipo».
Si el junior se encoge o responde, el senior siempre puede refugiarse en: «Solo intento ayudarte a crecer». El juicio viene integrado en el paquete. La única opción socialmente aceptable del junior es asentir, dar las gracias y tragarse la incomodidad.
Luego esa incomodidad sale por vías laterales: menos colaboración, menos apertura, quizá una búsqueda silenciosa de empleo en la pausa de la comida.
El cuidado honesto rara vez necesita anunciarse con tanta fanfarria. Cuando sobre-etiquetamos nuestras intenciones, la gente empieza a preguntarse a quién intentamos convencer de verdad: ¿a ellos o a nosotros?
Un enfoque más limpio es ceñirse a conducta e impacto. Describe qué estás viendo, por qué importa y qué podría cambiar. Deja que tu cuidado se note en cómo escuchas, no en la etiqueta que le pones. La gente confía mucho más en las acciones que en los “te lo digo desde el amor” como descargo.
La inteligencia emocional real no atrapa a la otra persona en la gratitud. Le da espacio para disentir.
6. «Entiendo exactamente cómo te sientes»
Suena compasivo, casi cinematográfico. Intentas señalar empatía profunda, conexión, solidaridad. Pero en el trabajo, a menudo sale mal.
Decir que entiendes “exactamente” cómo se siente alguien puede sonar minimizador. Te metes en su espacio emocional y te declaras experto en él. Borra la complejidad de su historia, su contexto, su personalidad.
Los compañeros quizá sonrían por educación cuando lo dices. Por dentro, una parte piensa: «No, no lo entiendes».
Imagina a un compañero cuyo proyecto se cancela tras meses de trabajo. Está desanimado, quizá avergonzado. Te acercas a su mesa y sueltas: «Entiendo exactamente cómo te sientes, una vez me pasó a mí».
Y te lanzas con tu historia. El foco se desplaza de su experiencia a la tuya. Asiente, pero el momento se ha dado la vuelta. Entró como protagonista de su situación y salió como personaje secundario en tu anécdota.
Por intentar estar cerca, sin querer te quedaste con el foco.
La empatía no necesita perfección; necesita humildad. Cambiar «exactamente» por «no puedo saber del todo cómo es esto para ti, pero entiendo por qué duele» respeta la distancia entre vuestras vidas. Esa distancia importa. Es donde de verdad crece la confianza.
Cuando el lenguaje “emocionalmente inteligente” se vuelve demasiado seguro, deja de ser empatía y pasa a ser proyección. Dejar hueco para un “puedo estar equivocado” es sorprendentemente potente. Le dice a tu compañero que su mundo interior sigue siendo suyo, no un puzle que tú ya has resuelto.
7. «Acordemos estar en desacuerdo» (usado demasiado pronto)
En la superficie, es el campeón de evitar conflicto. Calmo. Racional. Incluso sabio. Muchos talleres corporativos lo celebran como un límite saludable.
Pero cuando se usa demasiado pronto, puede sentirse como un cierre educado. Básicamente estás diciendo: «He terminado de implicarme; este tema se cierra». Si la otra persona aún tiene energía o preguntas, la frase puede caer como desdén. Sus preocupaciones se aparcan, no se abordan.
Usada repetidamente, le dice a tus compañeros que la conversación profunda contigo tiene un límite de tiempo… y que lo pones tú.
Imagina un desacuerdo sobre carga de trabajo. Una persona avisa de que está desbordada. La otra insiste: «Ahora todos tenemos que estirarnos un poco». La tensión sube.
Y llega: «Acordemos estar en desacuerdo y sigamos».
En la agenda, la reunión avanza. En lo emocional, no se resuelve nada. La persona desbordada vuelve a su mesa con las mismas tareas y menos esperanza de cambio. «Estar en desacuerdo» se convirtió en una forma ordenada de mantener el statu quo.
Pronto, la gente deja de sacar temas, sin más.
El conflicto no es el enemigo de un equipo sano. La desconexión sí. Cuando «acordemos estar en desacuerdo» aparece como apaño rápido, puede saltarse el entendimiento real.
La frase solo funciona cuando ambas partes se sienten genuinamente escuchadas y el desacuerdo es sobre opinión, no sobre capacidad o seguridad. Para realidades cotidianas del trabajo -agotamiento, equidad, reconocimiento- suele sonar hueca.
A veces, lo más inteligente emocionalmente es decir: «Aún no estamos alineados, y no pasa nada. Vamos a quedarnos con esto un poco más».
Cómo hablar como un adulto humano y no como un audiolibro de autoayuda
No tiene nada de malo aprender frases “emocionalmente inteligentes”. El problema empieza cuando se convierten en armadura en vez de herramientas. Cuando tu lenguaje suena pulido pero la gente sale de las conversaciones contigo sintiéndose más pequeña, algo falla.
La solución no es quitar todos los matices y decirlo todo a lo bruto. Es dejar que haya un poco más de desorden humano honesto en tus palabras. Haz una pausa antes de responder. Pregunta qué necesita la otra persona en ese momento, no qué sonaría más listo en un libro de liderazgo.
Tus compañeros no necesitan frases perfectamente terapéuticas. Necesitan sentir que de verdad estás ahí.
Puedes empezar por cosas pequeñas. Cambia «te escucho, pero» por dos frases separadas: «Te escucho. Esto es lo que me preocupa». Sustituye «siento que te sientas así» por «veo cómo mi acción te ha impactado». Prueba a decir «ayúdame a entenderlo mejor» en lugar de recurrir a «entiendo exactamente cómo te sientes».
No son fórmulas mágicas. Son pequeños cambios estructurales que dejan espacio para que la otra persona exista tal como es. Invitan al diálogo en vez de cerrarlo.
Con el tiempo, la gente lo nota. La sala se siente más segura contigo dentro. El feedback fluye con más libertad. Los conflictos escuecen menos, porque las palabras que los rodean suenan más limpias.
No tienes que clavar esto siempre. Nadie lo hace. El objetivo no es hablar como un coach perfecto, sino como un compañero decente a quien le importa cómo caen las palabras.
La próxima vez que notes que te sube a los labios una frase pulida, para medio segundo. Pregúntate: ¿estoy intentando conectar o controlar este momento?
La respuesta a esa pregunta silenciosa dará forma a cómo la gente recordará trabajar contigo.
| Punto clave | Detalle | Valor para el lector |
|---|---|---|
| Vigila las frases de «validación + pero» | Separa validación y desacuerdo en dos frases para que la primera parte no se borre | Reduce la defensividad y hace que la gente se sienta escuchada de verdad |
| Asume tu impacto, no los sentimientos de los demás | Cambia frases como «siento que te sientas así» por «veo cómo mi acción te ha afectado» | Construye confianza y responsabilidad en lugar de resentimiento silencioso |
| Deja espacio para la complejidad emocional | Evita afirmar que entiendes «exactamente» o forzar a «no ser emocional» demasiado rápido | Hace que los compañeros se sientan respetados, aumentando la apertura y la colaboración |
FAQ:
- Pregunta 1 ¿Cómo sé si estoy usando estas frases de forma tóxica?
Escucha qué pasa después de decirlas: ¿la conversación se abre o se cierra? Si la gente se queda callada, cambia de tema o solo te da la razón, tu “inteligencia emocional” puede estar sonando a control.- Pregunta 2 ¿Qué puedo decir en lugar de «siento que te sientas así»?
Prueba con «entiendo por qué te sentirías así» seguido de «esto es lo que hice» o «esto es lo que puedo cambiar». Cambia el foco de su reacción a tu responsabilidad.- Pregunta 3 ¿Es siempre malo decir «acordemos estar en desacuerdo»?
No. Puede ser sano cuando ambas partes se sienten escuchadas y el tema es de opinión. El problema es usarlo para escapar de asuntos incómodos como carga de trabajo, respeto o equidad.- Pregunta 4 ¿Cómo practico un lenguaje más auténtico en el trabajo?
Baja el ritmo antes de contestar, suelta los palabros y habla más parecido a como hablarías con un amigo al que respetas. Pregunta: «¿Qué necesitabas de mí ahora mismo: soluciones, escucha o otra cosa?».- Pregunta 5 ¿Y si mi responsable usa estas frases constantemente?
Puedes modelar alternativas con suavidad. Devuelve lo que has oído, propone concreción y, cuando sea seguro, di cosas como: «Cuando oigo “siento que te sientas así”, me cuesta saber qué estás asumiendo tú». Un feedback pequeño y honesto puede ir moviendo la dinámica con el tiempo.
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